Cuando el hombre es la marca


Pocas marcas han sentido la influencia de su fundador como Apple la de Steve Jobs. Me atrevería a decir que ni la misma Ford, aún cuando lleva el nombre del propio Henry Ford. Siendo un entusiasta de las marcas, me resulta imposible no dedicar unas líneas al fundador de Apple, dado su reciente fallecimiento.

Mucho se ha escrito sobre él en vida, y mucho en estos últimos días tras su triste despedida. Y aun con el riesgo de aburrir al lector, no puedo evitar agregar unas palabras a la larga lista narrativa. Hace algo menos de diez años tuve la –fallida– oportunidad de conocer a Steve Jobs. Fallida porque aun con fecha y sitio pactados, surgieron imprevistos de emergencia que postergaron el proyecto muy a mi pesar. Aunque era una reunión de orden puramente profesional, la desilusión fue principalmente personal. Porque sentí que perdía la oportunidad de conocer un trozo importante de historia. Y no me cabe duda de que hubiera sido mi mayor lección en humildad.

Steve Jobs no era un hombre inteligente, ni un genio, ni un visionario. Para eso hemos tenido Mozarts, Einsteins, Picassos y Edisons. Steve Jobs fue un genio visionario múltiple, y sólo recuerdo haber leído en la historia otro ejemplo similar, tal vez el de Leonardo Da Vinci. Si Jobs hubiera sido músico, hubiera inventado el jazz, el rock’n’roll, el hip hop, el vinilo, el MP4, nuevas técnicas de grabación, y estaría trabajando en un movimiento musical que aún no conocemos.

Si hubiera sido pintor hubiera creado el impresionismo, el cubismo, el minimalismo, y estaría experimentando con nuevas técnicas de arte digital. Pero no fue el caso. Jobs co-inventó la industria de la informática personal, luego la reinventó, cambió las reglas de la industria de la música, le enseñó nada menos que a Disney a crear animación, re-escribió el futuro de la telefonía móvil, redefinió el recién nacido mundo de las tabletas electrónicas, vendió más producto por metro cuadrado en sus tiendas que el mismísimo Corte Inglés (que se dice pronto), y quién sabe qué más tenía en el pipeline para volver a sorprender a cientos de millones de consumidores cautivados por sus productos y a miles de ejecutivos temerosos por sus ambiciones.

Jobs no era el hombre detrás de Apple, era Apple la marca detrás de Jobs. Como lo fue la Mac. O la i de iTunes, de iPhone, o de iPad. Apple sola no hubiera subsistido sin el regreso de Jobs, muchísimo menos superado a Microsoft en capitalización bursátil, y menos aún llegado a ser, aunque tan sólo sea por un breve instante, la empresa más valiosa del mundo. Ya es célebre el discurso de Jobs ante los graduados de la universidad de Stanford, donde nos deleitó con grandes citas y lecciones de vida.

Pero ¿qué hacía a este hombre tan grande? ¿Su determinación? ¿Su inspiración? ¿Su tenacidad? ¿Su insaciable atención al detalle? ¿Su obsesión por no lanzar nada que no reinventara algo? ¿Su extraña combinación de talentos de negocio, diseño, estética, capacidad analítica y habilidad de ejecución inmaculada? Tal vez fuera la combinación de todas estas condiciones. Y aún así resulta difícil de asimilar. Pero la pregunta del millón en Wall Street no es ésta. Sino si Apple podrá subsistir sin su Mesías

La reacción del mercado parece darle a la empresa el beneficio de la duda. Yo sospecho que la influencia de Jobs, y la famosa frase de “¿qué haría Steve?” ante tal o cual situación perdurará en la cultura corporativa durante algún tiempo. Pero tengo la triste sospecha que el tiempo se encargará de borrarla. Decir y cumplir Steve Jobs intentó enseñar a muchos a think different, a pensar diferente, como decía el eslogan de la marca. Pero pensar diferente o gramaticalmente pensar de manera diferente es fácil de decir y extremadamente difícil de cumplir

Tal vez el último desafío de Jobs esté por probarse pasada su vida. Si Apple consigue mantener y ejecutar esta estrategia a largo plazo, Jobs habrá logrado la más grande de sus ambiciones. Realmente cambiar la manera de pensar de sus discípulos. Aunque mucho me temo que esto tiene más de genética que de aprendizaje. Ojalá me equivoque y sus discípulos puedan seguir sorprendiéndonos reinventando y redefiniendo industrias. Y ayudarnos a todos a pensar un poco diferente.

 

Por Carlos Tribiño

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